La vasija humana: modelando el rostro de Dios

Un taller de arcilla para madres en el Santuario de Nuevo Schoenstatt

Este sábado, unas 20 mamás se acercaron al Santuario de Nuevo Schoenstatt para compartir una propuesta diferente: un taller de arcilla preparado por las mamás de la Rama de Madres de la Familia de Schoenstatt de Quilmes, abierto a todas las madres que quisieran participar.

La iniciativa buscó ofrecer un espacio de encuentro, creatividad y reflexión, tomando el trabajo con el barro como una imagen de la propia vida: una vida que también necesita ser amasada, centrada, modelada y transformada para reflejar cada vez más el rostro de Dios.

A través de distintos momentos del trabajo con la arcilla, las participantes fueron invitadas a detenerse en aspectos de la propia vida. Amasar ayudó a reconocer las propias durezas y aquello que necesita volverse más maleable. Centrar el barro permitió reflexionar sobre el dominio de sí y una libertad que aprende a ordenarse para poder entregarse. Al ahuecar la pieza apareció la imagen del corazón: un espacio interior capaz de recibir a Dios y a los demás.

Mientras las paredes de la vasija iban creciendo, también surgió la invitación a cultivar una humanidad cada vez más auténtica, cálida y cercana. Una mujer que, desde su propia originalidad, puede convertirse en un verdadero puente hacia Dios para quienes la rodean.

Esta experiencia expresa también el espíritu de la Rama de Madres de Schoenstatt, que tiene en la Alianza de Amor con María el centro de su camino. Las madres buscan mirar a María, mujer y madre, como modelo de quien supo acoger, custodiar y acompañar la vida que Dios le confió. Desde allí descubren su propia misión de ser custodias vivas de la vida, especialmente en sus familias y en los ambientes donde se encuentran.

El taller dejó también una última enseñanza: la arcilla necesita tiempo para secarse antes de pasar por el fuego. La vida no puede apurarse. Los procesos de crecimiento y maduración requieren paciencia, confianza y capacidad de esperar el momento adecuado.

Entre barro, manos y conversaciones, las mamás pudieron regalarse un tiempo para volver al centro y descubrir que también ellas están siendo modeladas. Porque Dios trabaja pacientemente en cada vida, y María nos enseña a dejarnos transformar por Él para que, desde nuestra humanidad concreta, podamos reflejar cada día un poco más su rostro.

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