Tensiones Creadoras: tiempo, proceso y vida

Una tarde de gracia en Nuevo Schoenstatt

El pasado 6 de septiembre, doce matrimonios nos reunimos para compartir una charla-coloquio verdaderamente transformadora con la visita de la Hermana Virginia y junto al acompañamiento de la Hermana María Sol. No fue un espacio de teorías abstractas, sino un diálogo a corazón abierto sobre las realidades, los dolores, los desafíos y las bellezas de la vida conyugal hoy.

Al volver sobre lo vivido, quedaron resonando en mí algunas ideas y reflexiones que quisiera compartir. Todas parecen tener un mismo hilo conductor: la vida necesita tiempo, procesos y acompañamiento. En una sociedad que nos acostumbra a lo inmediato, quizás una de las grandes tareas de la familia sea precisamente recuperar el valor de esperar, acompañar y crecer juntos.

Al calor de ese encuentro nació esta reflexión: una invitación a contemplar nuestro caminar desde las “tensiones creadoras” que el paso del tiempo, el respeto por los procesos y el don sagrado de la vida despiertan en cada uno de nuestros hogares.

El latido de la familia en un mundo de inmediatez

Vivimos condicionados por el ritmo del “ya”. Nos hemos acostumbrado a la inmediatez de la pantalla, a la respuesta instantánea del teléfono celular y a la angustia sutil de pensar que nos “clavaron el visto” cuando no recibimos una contestación rápida. Sin darnos cuenta, hemos ido tecnologizando la vida diaria y mecanizándonos hasta convertirnos, a veces, en pequeños “robots” que pretenden que todo funcione con solo apretar un botón.

Sin embargo, el amor, las relaciones humanas y el hogar tienen un latido completamente diferente que no se puede automatizar ni acelerar. El corazón del cónyuge o de un hijo no responde a la velocidad de una conexión de fibra óptica; el ser humano necesita calma, requiere presencia real y, sobre todo, exige el tiempo de mirarse a los ojos y aprender a escuchar profundamente lo que el otro verdaderamente necesita. La familia es ese oasis sagrado que nos rescata de la prisa del mundo y nos devuelve el ritmo natural, pausado y profundamente humano del amor conyugal.

1. El valor del proceso: “El tiempo es superior al espacio”

En el acompañamiento de las personas y de las familias, la prisa es enemiga de la maduración profunda. Como bellamente recuerda el Papa Francisco en su primera exhortación apostólica Evangelii Gaudium, “el tiempo es superior al espacio”. Esto significa que el camino que realiza una persona es mucho más importante que pretender alcanzar resultados perfectos de forma instantánea, porque los cambios profundos y verdaderos van despacito.

La vida humana y espiritual no es una línea recta, sino un camino zigzagueante. Todos experimentamos caídas, desvíos y momentos en los que nos salimos a la banquina. Acompañar un proceso significa renunciar al juicio frío y excluyente para asumir la paciencia del sembrador, cuidando el brote sin aplastarlo mientras crece. El hogar es el espacio privilegiado para cobijarnos en la fragilidad, sabiendo que hoy nos toca ayudar y sostener a alguien, y mañana seremos nosotros quienes necesitemos esa misma compasión.

2. Educación para el amor: la castidad como integración y la corrección hecha con ternura

Educar a los hijos para el amor en un mundo marcado por el pansexualismo es uno de los mayores desafíos para los padres contemporáneos. A menudo, la sociedad presenta la castidad como una simple prohibición o una tortura voluntaria en la que hay que “aguantar la respiración bajo el agua” hasta el día del casamiento. Sin embargo, la sabiduría de la Iglesia propone algo mucho más hermoso: la castidad no es represión, sino la armoniosa integración de la sexualidad en el amor y en la entrega personal.

Para transmitir esta belleza, los padres necesitan hablar con claridad y honestidad con sus hijos, ofreciéndoles una voz de verdad que difícilmente escucharán en otros ambientes. En esta tarea, la firmeza y la ternura se abrazan a través de la corrección oportuna: los padres deben recordar que “corregir es amar”. No se trata de castigar desde el enojo o la frustración, sino de brindar un correctivo protector desde el amor para ayudar a los jóvenes a forjar su propia identidad, voluntad y autodominio. Junto a esto, el pudor juega un papel fundamental, no como un tabú heredado, sino como el guardián de la intimidad personal que resguarda el valor sagrado del amor verdadero.

3. La vida como don: el deseo de un hijo y el respeto por la fertilidad

Hoy vivimos una profunda fragmentación en lo humano, separando muchas veces el amor, la sexualidad y la procreación. En este encuentro pudimos conversar sobre el diálogo tan propio de los esposos. Frente a esta realidad, también aparece en la vida de muchos matrimonios el deseo profundo de recibir el don de los hijos y la búsqueda, no siempre sencilla, de caminos para acoger ese don.

Entre las alternativas presentadas apareció la naprotecnología, una propuesta que busca conocer y tratar las causas de la infertilidad a partir del autoconocimiento de la pareja y del respeto por la ecología propia del cuerpo.

4. Una Iglesia de puertas abiertas: misericordia y acogida comunitaria

La Sagrada Familia de Nazaret nos enseña la sencilla y austera belleza de la comunión familiar, un ideal que estamos llamados a irradiar en nuestros entornos. Pero esta irradiación no se hace desde la soberbia de sentirnos perfectos, sino desde la humildad de sabernos frágiles y en un constante proceso. La Iglesia es una familia de puertas abiertas para todos, dispuesta a recibir a las personas tal como están y dondequiera que se encuentren en su caminar.

Esto cobra especial relevancia ante situaciones complejas, como los matrimonios que enfrentan graves desafíos de salud mental o las parejas divorciadas en nuevas uniones. Frente a la tentación de la exclusión o de la indiferencia de “manga ancha” que no ayuda a crecer, la mirada de la misericordia nos exige hacernos cargo del proceso real de cada corazón que quiere caminar hacia el ideal matrimonial cristiano.

Acompañar a quienes viven situaciones difíciles implica acercarnos con paciencia, sin renunciar a la verdad, pero tampoco alejándonos de quien está buscando un camino. Supone introducirlos progresivamente en la oración y en la vida de la comunidad, ofrecer espacios donde puedan sentirse acogidos y ayudarlos a descubrir el infinito valor que tienen ante los ojos de Dios. Cada historia tiene sus tiempos y sus procesos, y también allí estamos llamados a ser presencia, compañía y esperanza. Debemos intentar parecernos a Dios Padre, en nuestro trato con el otro; imitarlo en su incondicional cercanía y paciencia infatigable.

Quizás, al final, se trate de aprender nuevamente a confiar en los tiempos de Dios y en los procesos de cada persona. Porque allí donde nosotros vemos demoras, dificultades o caminos incompletos, Dios sigue haciendo crecer la vida. Y en nuestras familias, acompañándonos con paciencia, ternura y esperanza, podemos descubrir que esas tensiones no son obstáculos, sino oportunidades para crecer juntos en el amor. 

René Martínez
Participante del encuentro matrimonial

Scroll al inicio